Sergio “Checo” Pérez, el reflejo de un campeón frente al espejo

Sergio “Checo” Pérez en base a buenos resultados dejó de ser considerado un pay driver en la Fórmula Uno para convertirse en uno de los pilotos más experimentados a través de sus ochos años en la Fórmula Uno.

Sergio “Checo” Pérez no olvida el viernes 14 de mayo del 2010. La alta esfera de la sociedad europea se toma la tarde para salir a las calles del Principado de Mónaco y así disfrutar del espectáculo de la Feature Race GP2, que se disputa sobre el mítico circuito de Montecarlo. Han trascurrido 37 de 42 vueltas y para sorpresa de todos, la primera posición no la ocupa el puntero del Campeonato de Pilotos, el venezolano Pastor Maldonado, sino un piloto de 20 años de la escudería Barwa Addax, que a la mayoría les resulta desconocido, pero impresiona por su estilo agresivo de conducción. El público murmura cosas como “who´s that boy?, “he is amaizing!” y su asombro se vuelve mayúsculo al enterarse que ese chico se llama Sergio Pérez y es mexicano, “mexican, sure?”, “¡Wow!”. Su nombre y apellido bastantes mexicanizados dan fe y legalidad de su nacionalidad.

En la pista, la concentración de Sergio “Checo” Pérez al volante contrasta con el asombro de los aficionados en las gradas, quienes observan maravillados la facilidad del mexicano para conducir en curvas donde su monoplaza alcanza velocidades superiores a los 300 km/h. El juvenil piloto tapatío, consciente de la peligrosidad del circuito callejero de Monte Carlo, donde hasta el mínimo error puede costar la vida, observa de reojo la parte derecha de su vehículo, sitio en el que ha colocado una imagen del Cristo de los Milagros, a quien encomienda su seguridad. Por el retrovisor se percata de que tiene a Pastor Maldonado persiguiéndole los talones, respira profundamente y de inmediato pisa a fondo el acelerador. Su acción desata la euforia del publico ante el frenético final que tendrá la carrera.
Los dos pilotos pelean, palmo a palmo, la primera posición sin bajar la velocidad, pese a pasar por trayectos del circuito de alta dificultad, como La Rascasse y Anthony Nogues; superadas dichas pruebas entran a la curva más peligrosa del circuito: Nouvelle Chicane, conocida por cobrar la vida de más de un piloto. La fatalidad, impresionada por la valentía de ambos conductores, los deja pasar sin mayores contratiempos, y ya en la recta final Sergio “Checo” Pérez cruza la meta antes que Maldonado. La familia Pérez baja apresurada a su encuentro haciéndose paso entre un mar de gente, que al igual que ellos, quieren felicitar a “The mexican wonderkind”, quien permanece estupefacto dentro de su chasis. “¡Checo, lo lograste, ganaste!”, le gritan al unísono su padre y sus hermanos, logrando que el tapatío saliera de su letargo, y tras torpes intentos al quitarse el casco, evidencia el río de lágrimas que nacen y mueren en su rostro.
La realidad le dice al oído a Sergio Pérez que ha escrito una de las páginas más importantes del automovilismo nacional: ser el primer mexicano en ganar una carrera en el circuito de Montecarlo, uno de los tres más importantes a nivel internacional. Pero lo más importante es que dicho triunfo lo catapultará para convertirse en un piloto de Fórmula Uno. En la ceremonia de premiación, por primera vez en Mónaco, se escucha el Himno Nacional y se ondea la bandera mexicana, “Checo” deja de centrar su mirada en los aplausos que el Príncipe Alberto de Mónaco le profesa, para contemplar a un niño de rasgos latinos: cabellera oscura casi a rape y tez morena que no deja de sonreírle y, extrañamente, le parece conocido, tras un par de minutos se percata que se trata de su yo de infancia, quien lo invita a recapitular la serie de sacrificios que desde muy temprana edad sortearon para llegar a la F1.
 
Persiguiendo un sueño: ¡adiós, papá!
En el hogar Pérez Mendoza, se podía perdonar todo, menos no madrugar los domingos para ver frente al televisor las carreras de la Fórmula Uno. El pequeño “Checo”, para complacer a su papá, memorizó los nombres de grandes campeones como Michael Schumacher, Rubens Barrichello o Mika Hakkinen, prometiéndose, desde esos mozos tiempos, llegar a ser uno de ellos. Por lo cual, desde los seis años, empezó a conducir go karts; asimismo sus primeras clases al volante fueron en la camioneta Suburban de su padre, quien les marcaba una clara regla a él y a su hermano “Toño”: el que se equivocara le cedía el volante al otro.
El que es buen gallo donde quiera canta y “Checo” mostró tener espolones para el automovilismo, ganando infinidad de campeonatos a nivel infantil. Pero a los ocho años su destino pudo haber tomado una directriz completamente distinta, al ser seducido por su segunda pasión: el fútbol. Aficionado de hueso colorado al América se dio una pausa del automovilismo a los doce años de edad, al grado de querer ser futbolista y proponerle a su papá que vendiera su autos de Kart. De una pasión no se puede huir, y por más que se quiera erradicar, esta siempre aguarda en nuestro corazón, lista para palpitar de nuevo, como en el caso de Sergio Pérez: bastó que visitara a su hermano Antonio en Inglaterra, quien competía en la Fórmula 3, para volver a sentir cómo la adrenalina del automovilismo recorría cada una de sus venas y su piel se erizaba con el sonido de los motores de los monoplazas en los pitts. Desde ese momento se entregó en cuerpo y alma al automovilismo.
Asimismo, en su carrera, el rol preponderante de su progenitor, fue maximizándose hasta el punto de convertirse en su brújula en un camino al que aún le faltaban muchas veredas por recorrer. Las águilas impresionan por su vuelo de grandes alturas a kilómetros de distancia de su nido, volviéndose representaciones perfectas de libertad y sobrevivencia. Emulándolas, el piloto de la escudería Telmex, a los 14 años levantó el vuelo de casa rumbo a Alemania para competir en la Formula BMW serie ADAC. Pero la estadía en tierras germánicas, se volvió una lucha contra sí mismo y es que muchas veces se alaba o se critica a un campeón, pero se desconoce el precio que pagó por serlo. Para Sergio “Checo” Pérez resultó sumamente doloroso el hecho de despedirse de su familia en el Aeropuerto de Toluca. En México se quedaban sus raíces, sus mejores recuerdos de infancia, el calor de un hogar, pero dentro de su maleta de mano llevaba esperanza y la fe en sí mismo. No necesitaba nada más.
Ya en el país germánico, y siendo aún un niño, su única compañera era la soledad, al tener nula comunicación con su entorno por la barrera del idioma; asimismo, lo más cercano que podía estar de México era la pequeña habitación que alquilaba en la planta baja del restaurante de comida mexicana, “Mi casa”, ubicado en las inmediaciones de Múnich. “Fue una elección que me costó perder la parte final de mi infancia. Fue complicado porque cuando llegué no sabía hablar inglés ni alemán. Me fui a vivir solo por primera vez en mi vida y mi padre no estaría habitualmente en mis carreras”, recuerda Sergio.
Para el 2007 llegó el primer gran golpe a nivel internacional de Sergio Pérez al convertirse, con 17 años de edad, en el campeón más joven en la historia de la F3 Británica Nacional con 376 puntos, 14 poles, 14 victorias y 19 podios, ganándose el mote de “el niño prodigio mexicano”. En 2010, en su segunda temporada en la GP2, considerada la antesala de la F1, finaliza como subcampeón, contabilizando cinco victorias: Mónaco, Silverstone, Hockenheim, Spa-Francochamps y Abu Dhabi. Dicho logro lo catapultó en 2011 a volver realidad su sueño de ocupar un asiento en la Fórmula Uno, al firmar con la escudería de Sauber, convirtiéndose en el quinto mexicano en competir en la máxima categoría del automovilismo y el primero desde que Héctor Rebaque lo lograra entre 1977 y 1981.
 
Las cicatrices de Sergio “Checo” Pérez
El andar de Sergio “Checo” Pérez durante ocho años en la Fórmula Uno ha distado de ser sencillo, más bien está lleno de cicatrices que lo han hecho madurar como piloto y que han moldeado su principal característica: crecerse ante la adversidad. Demostrando sobre la pista que su espíritu es tan inquebrantable como la fibra de carbono de su chasis.
Es bien sabido que la Fórmula Uno genera una cantidad millonaria de ingresos, pero al mismo tiempo, de gastos, lo cual vuelve el dinero en una imperiosa necesidad para financiar la subsistencia de una escudería. Debido a esto, han sido bastantes los casos en los que una plaza o asiento han sido subastados a diferentes empresas que, a su vez, colocan al piloto de su elección.
Así que el primer obstáculo de “Checo “al llegar a la Fórmula Uno, a falta de una tradición permanente de pilotos mexicanos en la Formula 1, como en Brasil o Alemania, fue quitarse la etiqueta de ser un pay driver.
A Sergio Pérez le bastó sola una temporada para demostrar que se había hecho de un asiento en la Fórmula Uno por méritos deportivos y que era un piloto con talento de clase mundial, al obtener con Sauber, en 2012, dos terceros lugares en los GP de Malasia y Canadá y un segundo peldaño en el GP de Italia. Ganando desde ese momento fama de ser un piloto que, con muy pocos recursos, lograba mucho, además de ser de los mejores en condiciones de lluvia (tres de sus ochos podios han sido bajo esta circunstancia) y a la hora de ahorrar neumáticos.
El piloto mexicano de 28 de edad también ha tenido que lidiar con el peso de la realidad ya que, por desgracia, la Fórmula Uno es uno de los deportes donde más queda de lado el talento humano y todo se reduce a qué tan potente es el motor del auto con el que cuentas, volviéndose una situación sumamente dispareja y predecible. Así lo señala Checo: “Entre los pilotos más rápidos y los más lentos en F1 hay unas tres décimas, no más. Sin embargo, un piloto ha ganado cuatro títulos y otro no ha ganado ni un gran premio, ni ha subido al podio, esto ya no es un deporte. La distancia entre los mejores coches y el resto es demasiado grande”.
Y es que la F1, en la actualidad, se ha vuelto una competencia entre gigantes como Mercedes, Ferrari y Red Bull, al copar, entre las tres escuderías, todos los Grandes Premios desde el 2015, marcando una abismal diferencia sobre el resto de los equipos y los pilotos. Esto fue propiciado por la crisis económica que atravesó la categoría en la última década y que provocó tanto la extinción de varias escuderías (Virgin Racing, Toyota, Hispania, entre otras) como una nueva reglamentación de motores , vigente desde el 2014.
“Checo”, obstinado por naturaleza, al lidiar con estas circunstancias, recuerda que a un campeón lo podrán poner de rodillas, pero nunca quebrarán su espíritu, motivo por el cual esta temporada aspira a culminar por tercer año consecutivo en la séptima plaza del campeonato de pilotos y, con ello, volver a colocarse la etiqueta como el mejor conductor del resto en la Fórmula Uno. Es decir, excluyendo a las escuderías élite de Mercedes, Ferrari y Red Bull.